El caso de Rosalía Soledad Paniagua, la empleada doméstica acusada del homicidio de Eduardo Wolfenson Band en el country La Delfina, ha dado un giro con la revelación de su testimonio ante las autoridades. La mujer, que había sido detenida como sospechosa del crimen, declaró sobre los eventos que rodearon la trágica muerte del ingeniero.
Según su testimonio, Paniagua afirma haber sido agredida por un hombre llamado Félix, a quien identificaba como vecino del barrio. Alega que este individuo la atacó, la golpeó y le entregó objetos robados para evitar que hablara. Sin embargo, su versión se enfrenta a desafíos considerables debido a la evidencia científica y tecnológica recopilada por los investigadores.
Las autoridades señalaron que la declaración de Paniagua carece de consistencia con la evidencia forense y tecnológica obtenida en el caso. Por ejemplo, su relato sobre la ubicación y el manejo del teléfono celular de la víctima no coincide con las imágenes captadas por las cámaras de seguridad en la estación de trenes de Derqui.
Además, detalles cruciales como la falta de rastros de sangre en el lugar donde Paniagua afirma haber sido maniatada han aumentado las dudas sobre su testimonio. A pesar de su afirmación de haber sido atacada y amenazada, las autoridades continúan cuestionando la veracidad de sus declaraciones en relación con la evidencia recopilada.
La investigación, dirigida por el fiscal Germán Camafreita, ha destacado la importancia de la evidencia científica y tecnológica en el esclarecimiento del caso. A medida que se profundiza en la indagatoria de Paniagua y se analizan los hallazgos, se espera que se arroje más luz sobre los eventos que condujeron a la muerte de Wolfenson Band.
Paniagua permanece detenida bajo los cargos de robo calificado por el uso de arma impropia en concurso real con homicidio criminis causae, mientras las autoridades trabajan para llegar a la verdad detrás de este trágico suceso en Pilar.
Besos y pedido de silencio: revelaciones en el caso del country La Delfina
Paniagua afirmó que cuando el jueves 22 de febrero pasado llegó a la casa del lote 498 del country La Delfina se encontró con un hombre de 1,80 metros de altura que vestía una chomba negra y le dijo que iba a tener que hacer todo lo que le pidiera. Ella, según dijo, pensó que era el hijo del ingeniero y que tendría unos 40 años. “No vi la marca (de la ropa), no vi tatuajes, anillos ni reloj”, agregó.
“Estaba limpiando el baño donde dormían Roberto y su mujer (Graciela Orlandi). Cuando salí a buscar un trapo para limpiar la ventana me asomé, en la puerta vi que se dieron un beso, ahí en la puerta para salir. Ellos no me vieron, yo los vi besándose. Después me fui para atrás, seguí en el baño, me quedé en shock”, sostuvo la sospechosa, según reconstruyeron las fuentes consultadas por La Nación. Paniagua aseguró que hablaban bajito, no podía escuchar lo que decían.
La imputada contó que la “mató la curiosidad” e intentó grabar un nuevo beso entre el ingeniero y la visita para mostrarle la filmación a la “señora Graciela”. “Me metí en el escritorio del señor, para grabar con mi celular si se besaban. Intenté dos veces, se me cayó dos veces y dije ‘me dejo de joder’”, dijo Paniagua en su indagatoria.
Paniagua afirmó que en un momento el “muchacho” bajó y el “señor” se quedó en el escritorio solo. “Estuvo un tiempito hablando por teléfono, en otro idioma, portugués, creo. Tosía y me dijo ‘Soledad, esto no le cuentes a nadie, lo que vos ves hoy’”.
Después, siempre según lo que habría declarado la imputada, el “muchacho” subió a la planta alta y escuchó que le espetó al ingeniero “me dijiste que te ibas a dejar con la señora”. Y, Wolfenson Band, según Paniagua, respondió: “Ya te dije que no”. “El muchacho, desde que llegué, usaba guantes blancos de látex, los típicos de peluquería”, recordó la sospechosa en un momento de su declaración.
Después, según agregaron las fuentes que tuvieron acceso a la indagatoria de Paniagua, Wolfenson Band le pagó el día de trabajo. Eran las 12.30 del 22 de febrero pasado. Ella siguió con el trabajo de limpieza hasta las 13.15 cuando se fue a cambiar.
“Me cambié y salí, entre la cocina y el lavadero. En el pasillito, entrando a la cocina escuché que me dicen ‘eh, che´, me di vuelta y me dieron un golpe en la cara, en la nariz. Me caí. Salía sangre, no tanto, pero quedó en el piso. Me desmayé quedé inconsciente, quedé ahí tirada, en el medio del lavadero y cocina. Manché el piso con sangre, me quedé un segundo ahí dormida. Cuando me desperté tenía cinta gruesa transparente en la boca y atada las manos y también los tobillos. Ahí tenía puesto el vestidito rosa. Estaba acostada en el piso atada. Cuando me desperté escuché al señor Roberto decir ‘Basta Félix, basta Félix’, como tres o cuatro veces”, aseguró la sospechosa.
Paniagua dijo que además de “basta Félix, basta Félix” escuchó golpes. Después, siempre según el relato de la sospechosa detenida, el “muchacho” bajó y la agarró de la nuca.
“Sentate puta de mierda, paraguaya de mierda”, le dijo el tal Félix y le limpió la nariz, afirmó la sospechosa. Después agregó: “Me dijo ‘vos no me conoces a mí, yo a vos sí. No le cuentes a nadie. Yo sé que tenés familia, tenés (un) bebé por eso no te voy a matar, los chicos no tienen la culpa. Te tocó estar en el lugar equivocado’. Estaba furioso el chico. En palabras me preguntaba ‘cuánta plata querés para quedarte callada?’ Como no le acepté la plata, aunque la necesitaba, la mochila estaba ahí tirada. Él trajo un montón de cosas, me puso en la mochila el celular del señor. Me dijo 'paraguaya de mierda, llevate esto': el celular Motorola color celeste oscuro, el parlante rojo que estaba en mi casa en el allanamiento, una cosita así plateada con una velera [sic], una bolsita chucherías, una pulsera con caracoles, supongo de la señora y unos auriculares. Me dijo ‘ahora te vas a ir, sin plata pero esto es una fortuna’. Me dijo 'descartate del teléfono, yo sé donde vivís, tenés chicos, se mueren. No hables a la policía. No hables con nadie'”.
La “cosita plateada con una velera” era una menorá, uno de los principales símbolos del judaismo, y fue vendida en una chatarrería de San Martín, lugar que fue ubicado por los detectives de la Subdelegación Departamental de Investigaciones (SubDDi) de Pilar de la policía bonaerense. “Los compradores del candelabro sagrado reconocieron que se lo habían comprado a una mujer, pero aclararon que lo habían revendido a una fundidora”, afirmaron las fuentes consultadas por La Nación.